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  • Jazmín Aravena

DE LA VARIANTE DELTA Y LA NATURALEZA DE LOS VIRUS

Todos los virus naturalmente mutan es por ello que noticias como la aparición de nuevas variantes no deberían sorprendernos. Esto ocurre porque a medida que el virus se replica (se multiplica en un organismo) el virus comete errores al azar y que impactan en sus propiedades, normalmente de manera poco significativa, es decir no cambian el comportamiento del virus. De vez en cuando el virus muta de manera de que afecta la forma en que se propaga o su letalidad.


Un mito importante es creer que el virus es un ente capaz de tomar decisiones (como una persona o un animal), decisiones como hacerse más agresivo o letal, o incluso para asegurar su permanencia dentro del ser humano, pero esto no es así. El virus simplemente infecta y de manera automática se multiplica, y en este proceso de copia es frecuente que aparezcan errores (mutaciones) que alteran un poco sus propiedades.


A medida que usamos más herramientas para combatirlo, creamos barreras a la propagación del virus (ejemplo: uso de mascarillas, lavado de manos, vacunas, ventilación), hacemos la tarea de propagación del virus más difícil, y bajo esta presión, las variantes que se transmiten más tienen una ventaja respecto a otras y tienden a hacerse mayoritarias.

Las alternativas de mutación del virus son: se hace más transmisible y menos letal, o bien se transmite menos y aumenta su letalidad. La mayor capacidad de contagio no suele asociarse a aumentos en la letalidad, y así lo demuestran cifras de UK, donde la variante delta es la más común en los últimos meses.


Es importante recalcar que hasta ahora todas las vacunas funcionan bien para prevenir los casos severos de COVID-19 y las hospitalizaciones, incluso de la variante delta. Las vacunas (con su esquema completo) logran producir anticuerpos neutralizantes y respuesta celular (linfocitos T de memoria y linfocitos B) lo que le permite al cuerpo producir anticuerpos adaptados para una amplia gama de variantes del virus. Es decir, células que recordarán durante largo tiempo como combatir este tipo de virus en el futuro, porque su estructura principal no muta significativamente


De acuerdo al último informe del ministerio de salud de Inglaterra (9 de Julio de 2021, referencia [1]), la tasa de letalidad de la variante delta es del 0,2%, es decir, 10 veces menor a la de la variante alpha.


En morado número de casos, en amarillo porcentaje de casos, y en rojo tasa de mortalidad.


Uno de los estudios más recientes realizados en Inglaterra (5 Julio 2021, referencia [2]), que analizó datos de de COVID-19 en niños en año de pandemia, estimó que la tasa de mortalidad del virus fue de 0,005% para niños menores de 18 años, o dicho de otra manera, la tasa de sobrevivencia al COVID fue de 99,995% (estudio evaluó casi medio millón de contagios en este rango etario). La mayoría de los menores que murió producto del COVID-19 tenía una condición de salud subyacente (comorbilidad, enfermedad crónica o condición neurológica preexistente) e incluso otros pese a tener coronavirus murieron por otras causas.

Otro estudio reciente (8 Julio 2021, referencia [3]) analiza cuáles son los factores de riesgo en niños, para desarrollar enfermedad severa o muerte, producto del COVID-19. Los factores de riesgo más importantes son: preexistencia de condiciones cardíacas o neurológicas, 2 o más comorbilidades, la obesidad incrementa el riesgo de enfermedad grave o muerte, independientemente de otras comorbilidades.


Los estudios internacionales son consistentes en al evaluar que el COVID-19 raramente produce muerte en menores de edad. Por lo que es importante balancear los riesgos que supone este virus, respecto de los daños que se producen por la alteración de sus vidas y rutinas producto de las restricciones impuestas por la pandemia, particularmente por el cierre de escuelas. Cada acción que realizamos en la vida supone un riesgo: andar en auto, bicicleta, nadar, alimentarse mal o contagiarse de un virus o una bacteria, posponer una consulta médica. Ignorar las consecuencias de las decisiones que tomamos como sociedad puede provocar una crisis mayor que la que trajo el coronavirus.


Afrontar lo desconocido requiere que se evalúen constantemente las decisiones que tomamos, de modo de corregir las acciones que vemos hicimos mal o no tienen el efecto deseado. El SARS-CoV-2 no logró erradicarse rápidamente como se pensó en un inicio, y los indicios son a que se volverá endémico.


Mantener a los niños encerrados en casa, bajo la pseudo premisa de un “principio de precaución”, que incentivó cuarentenas rígidas y prolongadas, junto con el cierre de escuelas, no es adecuado, si se ignoran o desconocen los altos costos y daños colaterales de las medidas que adoptamos o si no se balancean los beneficios y riesgos de manera adecuada. Muchos de estos efectos indeseados alcanzan niveles a escala devastadora (daños psicológicos a niños y jóvenes, deterioro de enseñanza, retrasos, incremento de pobreza, aumento de brechas), efectos que perdurarán en el largo plazo si no actuamos hoy.

La salud de nuestros niños no puede medirse como la ausencia de COVID.

Referencias

[1] Public Health England (July, 2021) Technical briefing 18. SARS-CoV-2 variants of concern and variants under investigation in England

[2] Smith et al (Julio, 2021) Deaths in Children and Young People in England following SARS-CoV-2 infection during the first pandemic year: a national study using linked mandatory child death reporting data. DOI: 10.21203/rs.3.rs-689684/v1 (https://www.researchsquare.com/article/rs-689684/v1)

[3] Harwood et al (Julio, 2021) Which children and young people are at higher risk of severe disease and death after SARS-CoV-2 infection: a systematic review and individual patient meta-analysis. DOI: https://doi.org/10.1101/2021.06.30.21259763

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